Todo lo que odio de las Posadas

Actualizado: 27 de mar de 2020

Empiezan los tiempos de fiestas, reuniones, regalos y las posadas. Las agendas se llenan de compromisos; estrenas montones de vestidos y accesorios hermosos que has estado comprando desde agosto para esta temporada y todos parecen estar más dispuestos a la convivencia y el festejo.

Grupo de personas en Posada navideña.
Empieza la temporada de Posadas.

Es un tiempo que odio con toda mi alma, casi tanto como a las que se visten con marcas pirata.

Mujer con vestido blanco.
A nadie engañas, buchona: ¡tu vestido es Verzache!

Justamente el 12 de diciembre empiezan los problemas. Desde como quince días antes, las muchachas y el chofer le piden permiso a mamá para no venir a la casa a trabajar. Resulta que se organizan con sus amigos para ir caminando a una iglesia que a ellos les gusta muchísimo y que ese día se llena de miles de personas y hasta cenan allí en la banqueta. ¿Tú crees? ¿Por qué no van en días diferentes para estar más relajados y a gusto? ¡Ah, no! ¡Tienen que ir todos el mismo día! Yo siempre he dicho que a ellos les gusta batallar. Esa iglesia que les encanta, está al sur de una parte de la ciudad que le dicen la megaplaza, hiperplaza o macroplaza…¡no sé! Total que ese día siempre nos quedamos sin servicio y es el inicio oficial de mi tortura anual.

Peregrinación guadalupana.
¿Por qué necesitan ir todos el mismo día?

Ya para el día 15, vienen desde todas las partes del universo a llenar mis tiendas y lugares favoritos aquí en San Pedro. ¿Sabes por qué? Porque en estos días sus patrones les pagan más dinero y ellos, en el instante en que lo tienen en sus manos, sienten una urgente necesidad de gastarlo todo. Digo, pobrecitos, hasta los entiendo. Como no están acostumbrados a tener dinero, cuando se los dan como que sienten raro y mejor lo gastan súper rápido para otra vez quedarse sin nada y ya estar tranquilos. Bien dicen que “más vale malo por conocido que bueno por conocer”.

Aglomeración navideña.
¡No vengan a llenar mis tiendas favoritas!

De todos modos, me choca que me llenen las tiendas. Yo compro todo el año y soy clienta distinguida de los mejores lugares. Durante esta temporada, gasto lo mismo que siempre y espero – y exijo – un trato preferencial. Es lo correcto. Pero, si las tiendas están atiborradas de invasores de temporada, es muy difícil que los empleados me ofrezcan el tiempo y las atenciones a las que estoy acostumbrada.


Después empiezan las famosas Posadas. ¡Ay, qué horror! El otro día tuve que ir a la fábrica de papá porque a Maricarmen, su secretaria, se le ocurrió que el patrón tenía que hacer presencia con toda la familia en la Posada de los empleados para “la sana convivencia familiar”, según ella. Mamá no sabía ni qué ponerse porque no quería despertar envidias pero tampoco iba a aparecer en harapos, estás de acuerdo.

Jarro de barro con ponche.
Este era el jarrito que me dieron.

Total que llegamos al salón de eventos, que papá tiene allí mismo en la fábrica, y de inmediato me ponen un jarrito de barro en las manos.


– ¡Hola, Rebequita! – me dice la tal Maricarmen – tómate este ponche. Está riquísimo y tiene “piquete” pero no le digas a tu papá, porque luego me va a regañar por estar emborrachando a su princesa.


¡¿Rebequita?! ¡¿Emborrachando?! ¡Estúpida! Sin decir una sola palabra le di el jarrito a un asistente que estaba por allí y, de inmediato, limpié mis manos con la cremita desinfectante que traigo siempre en la bolsa. A ver, no estoy diciendo que el mentado jarro estaba lleno de infecciones, lo hice porque la tipa esa tiene que aprender a no ser igualada.


Y no me llamo “Rebequita”. En todo caso Becky, de cariño. Pero esa mujer debería saber decir “Señorita Rebeca”. Por piedad.


Lo único bueno de esa noche, es que a toda la familia nos sentaron juntos y solos en una mesa cerca del podio donde papá y algunos de sus directores iban a dar sus discursos navideños. Patricio, mi hermano, estaba todavía más enojado y aburrido que yo. Se la pasó pegado a su celular poniéndose de acuerdo con sus amigos y se fue en menos de cuarenta minutos. ¿Por qué no se me ocurrió a mi primero? Así que me tuve que quedar, como la tonta, para que mamá no estuviera sola.


Minutos después, obviamente, aparecieron toneladas de tamales en nuestra mesa. ¿Y qué suponían que íbamos a hacer con ellos? ¿Venderlos? Papá, todo bueno, le agradeció al equipo de organizadores.


– ¡Qué bárbaros, se lucieron! ¿Dónde compraron los tamalitos? Gutiérrez: repartes entre los de producción todos los que sobren. Yo creo que van a cenar muy bien durante una semana entera.


No comí ni un solo tamal. Haz la cuenta y entenderás por qué. Si cada tamal tiene 400 calorías, necesito una hora de bicicleta para quemarlas o 40 minutos nadando. Con esos platos llenos de comida que nos pusieron enfrente ¿qué pretenden? ¿Que me pase ocho horas en la alberca? ¿Qué parte de “no-puedo-dejar-de-ser-talla-cero” no entienden?

Plato con tamales.
¡¿Qué quieren que haga con este cerro de tamales?!

Y luego los regalos. ¡Otro tormento! Cuando me ha tocado participar en intercambios, siempre soy muy creativa. Trato de planear bien lo que voy a regalar, de acuerdo a los gustos y preferencias de la persona que me tocó. En la fiesta de los primos del año pasado, yo le di a Valeria, la más chica, el collar Sweet Dolls de Tous ¡divino!

Sweet Dolls by Tous
Valeria estaba fascinada con su collar de Tous.

Volviendo a la posada de los empleados de papá, obviamente no hubo intercambio. ¡Pero sí hubo rifa! Eran regalos que compraron los mismos organizadores, con el generoso presupuesto que les dió papá. Y por alguna oscura razón que no logro entender, a Maricarmen se le hizo buena idea incluirnos a la familia también. Resultó que tengo “tan buena suerte” que me saqué un juego de cuatro vasijas y una cucharota de peltre para la cocina. ¿Para qué las quiero o necesito? ¡No tengo idea! Al final de la fiesta “se me olvidaron” los dichosos trastes en la mesa. ¡Y la mensa de Maricarmen me los mandó a la casa dos días después!

Juego de vasijas de peltre.
La tonta de Maricarmen me los guardó.

¿Ahora me entiendes la tortura que representa para mí esta temporada?

¡Qué horror, ya que se acabe!



La historia, situaciones, todos los nombres, personajes e incidentes retratados en esta obra son ficticios. Sin identificación con personas reales (viva o muerta), lugares, edificios o productos. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia


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