Nunca te enamores de un Geek

Nunca me he considerado especialmente popular o atractiva, pero tampoco me identifico como geek, podría definirme como una mujer promedio de 24 años, “ni fu, ni fa” diría mi madre. Recientemente me gradué de la carrera de Psicología y comencé a trabajar en el área de Recursos Humanos de una empresa trasnacional, en donde todo comenzó.


Su nombre es Daniel, la primera vez que lo vi sinceramente lo ignoré, era un tipo bastante regular, no sobresalía del resto de los hombres y no me atraía ni poquito. Habíamos cruzado palabras un par de veces porque él me había buscado con alguna excusa que siempre era de lo más boba y sin sentido.


Daniel era algo mayor que yo e irritantemente intelectual, ¡el típico geek!, no teníamos ningún motivo real para cruzarnos en el trabajo y no estábamos en el mismo departamento, él estaba en el área de estadística como Black Belt o algo así. Alguna vez lo vi exponer en una junta, tremendo intelectual. En ese momento no tenía idea de a que se dedicaba, pero me impresionó la forma en la que hablaba, era algo inseguro y un poco nervioso, pero realmente apasionado por su trabajo, solo entendí una cuarta parte de lo que decía porque usaba términos que no conozco - ¿qué es un percentil? - Aun no lo sé.


Así pasaron varios meses sin conversar, sin vernos, nada. Un día Daniel me escribió por un post que puse en mi Instagram a cerca de la lucha contra la violencia, obvio ignoró por completo la fotografía y me hizo algunas observaciones respecto al texto. Los geeks siempre miran el texto, el contenido, la redacción y la ortografía, nunca las fotografías. Comenzamos a enviarnos mensajes, primero por Instagram y luego cuando empecé a conocerlo mejor por WhatsApp.


Daniel era material para amigo, no para novio, no era mi tipo, así que no tenía plan de enamorarme. Es la clase de hombre que te mira, te escucha, y habla poco, sin matizar las ideas, sin disfraces. Poco a poco comencé a darme cuenta de que sus pocas palabras eran fascinantes, estaba lleno de historias y cada vez que hablaba se llenaba de emoción, siempre apasionado por sus temas, le gusta la literatura latinoamericana, los videojuegos, el ajedrez y los acertijos, sobre todo eso, los acertijos, a él le apasionaba resolver problemas, y no había algo que no pudiera resolver, tal vez por eso escogió esa carrera.


Tenía un aura de misterio, esa clase de aura que le da una presencia que impone, aunque él no se daba ni cuenta y es exactamente lo que lo hacía tan interesante. Me gustaba observarlo en su oficina, viendo por la ventana como ido, como intentando descifrar el patrón del viento entre las ramas, intenso, lleno de pensamientos.


Y de pronto me di cuenta de que estaba estúpidamente enamorada de él, aunque supongo que no hay otra forma de enamorarse. Yo sabía que le gustaba, pero él era muy tímido y sabía que nunca se atrevería a nada más allá de invitarme un café a la hora del descanso y tener una buena charla.


Así que di el primer paso, le dije que me gustaba y él, cómicamente nervioso y fatalmente tímido, tomó mi mano. Nuestros corazones latían como locos. Esa noche salimos a caminar por la ciudad, miramos las estrellas, nos contamos historias y ahí, cerquita de la fuente de los pescaditos, nos besamos por primera vez.


Cada día era mejor que el anterior, Daniel era detallista conmigo, atento, no perdía oportunidad para decirme lo increíble que era, lo mucho que le gustaba y no sé como pero siempre se adelantaba a lo que iba a decir o necesitar.


Nunca perdió su timidez, solo en los momentos más íntimos, cuando se agitaba al hacer el amor, era como una planta de menta, que pasa desapercibida, pero lleva el aroma de la vida en sus hojas. Y yo estaba ahí, completamente embriagada de ese aroma, intensamente enamorada de él y de esa conexión que habíamos desarrollado y nunca creí posible.


Cada día me enamoraba más de él, de las pequeñas cosas que hacía, de sus arranques neuróticos, de su miedo a las alturas, a los gérmenes, de su forma de ocultar las lágrimas cuando mirábamos películas tristes y quería hacerse el fuerte.


Reíamos a carcajadas, jugábamos y creábamos futuros de fantasía juntos. En 3 minutos podríamos pasar de reír como niños bobos a discutir sobre el impacto de la agricultura transgénica en nuestro planeta.


Y de repente un día, así sin más decidió terminar, repentinamente, con muchas dudas según me dijo y con un profundo miedo al compromiso y a lastimarme, pero lo decidió él solamente, de manera unilateral y me lo dejó saber sin titubear, porque así resuelve él todos los problemas.


¡Y se acabó! Quizá no fui “la indicada” pero sé que debe estar extrañando nuestras pláticas, nuestros paseos y cómo hacíamos el amor. Pero también sé que por su fuerza de voluntad no se permitirá volver a hablarme porque en su forma linear de pensar, ¡el juego se acabó!


Así sucede con los geeks, nunca sabrás por qué te dejó, ni que pasó que lo hiciera tomar esa decisión, son hombres de pocas palabras, tímidos, llenos de heridas y con decisiones firmes. Así que, si encuentras un hombre así, no te enamores porque irremediablemente te romperá el corazón.


Mireya C. mireya@1981.mx



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